“Lo que te conecte con la vida”
Eso me dijo.
Han pasado muchos años y me he sentido perdida muchas veces en medio de las obligaciones, de lo que toca ahora, de lo que sigue. Elaborando el pasado, intentado dejarlo atrás, haciendo planes, proyectando la vida que vivo.
Más que eso, muchas veces me he perdido en mis propios laberintos y duelos.
Hace 10 años perdí un hijo.
La luz de su vida se apagó. Literalmente. En un ultrasonido estuvo y en el siguiente no. Mi hija mayor cumplía años al día siguiente y mientras celebraba su vida, duelaba la muerte de su hermano dentro de mí.
Ese proceso me llevó, una vez más, a terapia. Y desde ese momento, siempre recuerdo la voz de mi Psicóloga: lo que te conecte con lo vivo, Corina.
Y entonces, escribí mucho. Simbolicé todo eso. Volví a la fotografía. Y sobre todo, volví a estudiar. Algo en mí se despertó. Mi mente volvió a ser curiosa como fue siempre, como fue antes de que la tristeza y el duelo invadieran cada espacio de mi cuerpo.
Y me dio hambre de nuevo.
Hambre de ir a lugares, de ver cosas, de hacer cosas, de experimentar. De habitar la vida.
Y después de eso, ha sido caída libre. Una experiencia me llevó a otra, y a otra. A vida, mucha vida. Muchos hijos, mis mascotas, mi casa, mi pareja, mis plantas, mis poemas, este espacio.
Hace un tiempo cuando le quedé mal a mi editor porque no le envié el borrador del nuevo proyecto y me excusé con todo lo que me ocupa, él me respondió: yo entiendo, mucha vida.
Y sí, tener hijos me conectó conmigo. Como me conecta escribir, cuidar las plantas, las tortugas, compartir toda esa vida con mi esposo, crear comunidad.
Quizá por eso, lo creativo se despierta en ciertos momentos de la vida. Quizá por eso no es lo mismo lo que creo desde el procesamiento del dolor, que esto que escribo porque tengo hambre de vida.
Sentir el alma vibrando en el cuerpo es una señal. No luce igual para todos. Pero buscar esa conexión, eso que nos acerca a lo vivo, ha marcado mi manera de aproximarme al mundo durante los últimos diez años. Al menos, conscientemente.
Si queremos ponerle un nombre, quizá ese sea el mejor propósito que conozco.
Como las olas, voy y vuelvo.
Y cada vez que regreso a eso que me hace sentir viva, encuentro el camino de vuelta.
—
Cori
desde mar adentro
