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Notas desde mar adentro

1 de mayo de 20261 min de lectura

Hay momentos, temporadas, días, en los que todo se siente demasiado. En los que yo lo siento todo demasiado. No solo porque haya mucho que hacer —demasiado trabajo, demasiada exigencia, demasiada estimulación— sino porque es demasiado lo que siento y, a veces, no sé dónde poner todo eso.

El fin de semana pasado hice un viaje corto de trabajo. Me divertí, pero fue intenso y no descansé. Luego vino el lunes y la semana siguió como siempre, con la diferencia de que yo no estoy como siempre.

El problema es que tiendo a la hiperactividad. Los momentos de mucho que hacer, de hecho, me hacen feliz, y eso, en cierta forma, es parte del problema. Porque no logro darme cuenta de que me estoy sobrecargando hasta que ya lo hice, hasta que mi organismo colapsa, mis emociones me inundan y me saturo.

En mí, la saturación se manifiesta como una defensa. Mi necesidad de control se intensifica: de pronto lo quiero todo limpio, ordenado, la ropa lavada, los platos guardados, las superficies despejadas. Con tres hijos pequeños, dos mascotas, pareja, trabajo y una vida entera en movimiento, eso no siempre es posible, y aun así lo intento.

La saturación, en mí, se parece más a un “tengo que poder” que a un “ya no puedo más”, y eso me hace daño.

Enfrentarme al “no puedo” no es fácil. Vengo de un mundo que me ha entrenado para poder con todo, para resolver, sostener, anticipar, seguir.

Dejarme sostener ha sido una de las lecciones más importantes que sigo aprendiendo, y quizá, en medio de todo esto, lo único que realmente necesito no es poder más, sino darme cuenta antes.

No esperar a la saturación para escuchar.

Cori
desde mar adentro

Publicado originalmente por Corina en Substack .

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