¨Yo sólo quiero vivir tranquilo¨
Eso fue lo que me dijo mi esposo cuando nos conocimos.
Yo no quiero vivir tranquila, quiero vivir feliz, fue mi respuesta.
Han pasado casi veinte años desde entonces y mi respuesta ha cambiado un poco. Sobre todo porque solemos confundir tranquilidad con aburrimiento, con falta de excitación, con ausencia de placer. ¿Quién quiere una vida aburrida? Nunca he encontrado a nadie que responda esa pregunta con un “yo”.
Pero vivir con tranquilidad es difícil. La vida hoy en día es complicada. Siempre estamos agitados, apurados, planificando qué sigue. Qué viene. Ahora qué.
Queremos sentir intensamente y creemos que para sentir intensamente tenemos que vivir intensamente. O peor aún, rápido.
Confundimos calma con aburrimiento. Calma con lentitud. Calma con nada.
Entonces la calma se convierte en la falta de algo. La conseguimos cuando no hay estrés, cuando no hay nada que hacer, cuando la vida nos obliga a detenernos.
La verdad es que la calma es todo lo contrario.
La calma es el estado que puede existir incluso cuando hay estrés. Cuando estamos haciendo muchas cosas. Cuando estamos eligiendo.
El problema es que nadie nos enseña a sostenerla sin sentir miedo. Porque le tenemos miedo a la calma. Nos mantenemos ocupados y corriendo para evitar ver lo que yace en el fondo del agua.
Mientras el agua está revuelta, vivimos resolviendo la superficie.
El agua calma deja ver lo que hay. Y le tenemos miedo a eso.
Tememos que lo que aparezca sea tan terrible que nos rompa. Que destruya lo que hemos construido. Entonces creamos tormentas para mantener el agua revuelta, y después nos preguntamos por qué no tenemos paz.
Quizás no tenemos paz porque no sabemos qué hacer con ella.
No sabemos qué hacer con ese fondo.
Lo curioso es que, en realidad, no hay mucho que hacer. A veces basta con sostener una mirada curiosa y atenta.
Los monstruos del fondo raramente se aventuran a la superficie. Hay cosas que no pueden existir a la vista de todos. Y eso está bien.
Sostener la calma implica sostener el cuerpo. Regular el sistema. Respirar. Contener la mente.
Sentir tanto como podamos sin necesidad de desbordarnos.
Para mí, la calma es volver a este cuerpo que me contiene. Sentir que lo habito. Sentir que habito el mundo con todos los sentidos.
Y recordar que incluso en medio del movimiento, el agua también puede estar en calma.
Quizás el fondo nunca fue el problema.
Quizás lo difícil sea mirarlo.
—
Cori
desde mar adentro
