“Soy como el océano”
Y no, no lo pensé en tono romántico o idealizado.
Iba caminando, afuera en la naturaleza, viendo la laguna, los pájaros, los cocodrilos, las tortugas… todo eso que veo a diario, intentando poner mis pensamientos en orden, calmar mi sistema después de días de alta carga.
“Podría ser un tsunami”, pensé. El océano es muchas cosas.
Pero luego mi mente siguió elaborando esa identificación. Más allá de la profundidad y de todas las imágenes que solemos asociar al mar, pensé en su capacidad para adaptarse. Para siempre volver, como las mareas. Para subir y bajar. Para pasar, como las olas.
El tsunami no ocurre si la tierra no se mueve.
Hay personas que son tierra. Montaña. Fuertes, imponentes, gigantes. Algunas además son volcanes. Y eso está muy bien. Hacen falta todos.
Pero yo resulté ser más bien océano. No por lo vasto, sino porque el agua es hogar, vida y ferocidad al mismo tiempo. Porque cambia constantemente y, aun así, sigue siendo agua.
Lo que me ha tocado ha sido reconocerme y aprender a navegar-me.
Y entonces pensé algo curioso.
Acabo de publicar un poemario donde me declaro árbol y bosque una y otra vez. Y sigo sintiéndome árbol. Y bosque. Y todo lo que eso implica.
Quizá porque la naturaleza es todo eso. Y yo también.
Creo que eso es justamente lo que solemos olvidar. No solo cuando pensamos en la naturaleza, sino cuando pensamos en nosotros mismos.
Nos identificamos con una historia, una forma de ser, una versión de quienes somos, y nos aferramos a ella como si fuera definitiva. Como si fuera fija. Como si hubiera que elegir entre ser árbol o mar, montaña o volcán.
Pero lo natural rara vez funciona así.
El árbol parece inmóvil, pero cambia todo el tiempo. Pierde hojas y las recupera. Alberga nidos. Florece. Echa raíces. Se mueve con el viento. Se desnuda ante el invierno.
Sigue siendo árbol. Y, sin embargo, nunca es exactamente el mismo.
Creo que a veces la angustia aparece cuando intentamos congelar algo que está vivo.
Cuando olvidamos que podemos cambiar sin dejar de ser nosotros.
Supongo que esta nota viene desde un mar más adentro todavía porque ni siquiera sé muy bien lo que quiero decir con ella. O quizá sí.
Puede que sólo quiera recordar que podemos decir y guardar silencio. Que no siempre hay que saber. Que no siempre hay que concluir.
Y que esta mañana la marea estaba bajita y me dejó ver algo del fondo.
—
Cori
desde mar adentro
—
P.D. Si estas líneas te resonaron en algún lugar adentro tuyo, el lunes te abro otra puerta.
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