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Mami, ¿están felices los árboles?

5 de junio de 20261 min de lectura

“Mami, ¿están felices los árboles?”

Íbamos en el carro y llovía. Mi hija de 4 años miraba por la ventana, me preguntó si los árboles eran felices y me di cuenta de que no tenía una respuesta. No sé si son felices los árboles. Ni siquiera sé si son felices las personas o los animales.

Lo que sí sé es que quiero pensar que son felices los árboles, ahí tan frondosos, verdes y estables, con sus raíces en tierra húmeda y el viento moviéndoles las ramas.

Y también sé que me gusta pensar que hay mucho que aprender de ellos. De esa experiencia de habitar el mundo desde un lugar tan natural que es difícil etiquetar.

Más que felicidad, me gusta pensar en plenitud.

Porque el árbol no parece triste ni feliz. Está ocupado siendo árbol. Plenamente siendo árbol. Nunca he visto un árbol preocupado por convertirse en otra cosa.

En cambio, sí nos veo a los humanos preocupadísimos por estas cosas, en lugar de ocuparnos de ser plenamente humanos.

Y creo que la existencia plena tiene algo que ver con eso. Con esta incógnita que aparece cada vez que intento definir qué significa realmente habitar.

Me pregunto si parte del sufrimiento también deviene de nuestra dificultad para habitar lo que somos.

Si mi hija hoy volviera a preguntarme si los árboles son felices, seguiría sin saber qué responderle. Pero creo que los árboles habitan plenamente su existencia y que eso debe parecerse mucho a la felicidad.

Cuando habitamos algo, no dejamos de ser parte de ello. Al contrario, habitar es una doble experiencia: ocupar un lugar y, al mismo tiempo, dejarnos ocupar por él.

Quizá por eso habitar es mucho más que estar.

Habitar es el verbo de ser lo que somos.


Cori
desde mar adentro

Publicado originalmente por Corina en Substack .

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