Te hago una pregunta y quiero que la tomes en serio. Suspende por un segundo lo que tienes que hacer hoy y respóndela.
Si mañana no tuvieras nada urgente. Nadie a quien sostener. Ninguna lista de pendientes. Si por un día no fueras la que aguanta, la que organiza, la que está pendiente, la que decide qué se come y a qué hora...
¿Qué quedaría de ti?
En consulta hago esta pregunta seguido. Y casi siempre la respuesta es la misma: silencio, un nudo en la garganta, una sonrisa nerviosa. “No sé.”
Y ese no sé es exactamente lo que quiero hablarte hoy.
Existe en psicología un concepto que cambia mucho la práctica cuando se lo entiende: la diferencia entre identidad funcional e identidad auténtica.
La identidad funcional es la que se construye desde lo que haces. Eres la productivo, el responsable, la mamá presente, el papá eficiente, amigo/a o hijo/a incondicional. Es una identidad que se sostiene por adhesión: a roles, a tareas, a expectativas. Y mientras vas cumpliendo, funciona bárbaro. Te da pertenencia. Te da valor. Te da una respuesta clara a la pregunta ¿quién soy?
El problema es que la identidad funcional necesita combustible.
Necesita hacer para existir. Necesita demostrar para sentirse válida. Y cuando dejas de hacer —porque te enfermas, porque te jubilas, porque los hijos crecen, porque por fin tienes un día libre— sientes que desapareces.
Eso no es agotamiento. Eso es identidad funcional sin combustible.
La identidad auténtica, en cambio, no se mide. No depende de cuánto hagas, cuánto rindas, cuánto sostengas. Es lo que queda cuando todo lo demás se cae. Y no es vacío, como tememos. Es presencia.
Acá es donde aparece la práctica.
Porque la identidad auténtica no es algo que descubres en un retiro de fin de semana. Es algo que entrenas. Como un músculo. Y se entrena justamente en los momentos donde más miedo te da: cuando no estás haciendo nada.
Vas a sentir culpa. Vas a sentir un impulso de levantarte y resolver algo. Vas a notar que tu cuerpo está acelerado aunque no haya razón. Eso no es porque algo esté mal contigo. Es porque tu sistema nervioso aprendió que estar en quietud equivale a desaparecer. Y como todo lo que se aprende, se puede desaprender.
Lo que cambia el paradigma —y acá te traigo neurociencia aplicada— es entender que estar no es no hacer. Estar es una acción interna. Es habitar. Es sostener la presencia adentro mientras el afuera te pide moverte.
Y eso se entrena.
Si quieres probar, prueba esto:
Una vez al día, por solo cinco minutos, no hagas nada con propósito.
No es meditación. No es mindfulness formal. No es respiración guiada. Es sentarte en algún lugar y no resolver. No ordenar mentalmente. No planificar. No revisar el teléfono. Solo estar.
Te va a pasar lo siguiente: a los 30 segundos vas a querer levantarte. A los dos minutos vas a sentir culpa o ansiedad. A los cuatro minutos quizás te llegue un pensamiento de “esto es tonto, hay tanto por hacer”.
Quédate igual.
No tienes que sentir nada especial. No estás fallando si te incomoda. Esa incomodidad es información. Es tu identidad funcional preguntándote por qué no estás demostrando nada.
Y tú, por primera vez, vas a poder no contestarle.
Cinco minutos al día. Todos los días, una semana. Y nota qué te aparece.
Acá quedo.
—
Cori,
nos vemos en la práctica
